
Queríamos tanto a
Astor que no nos importó que al irse nos dejase en la boca un regusto a tierra mojada. Era llegar de visita y los niños ya corrían hacia la puerta a besarlo, a abrazarlo, a llenarlo de babas. Y él, tan acostumbrado a tener el bandoneón entre las manos, a moldearlo, a exprimirlo, a toquetearlo, hacía el gesto cansado de abrazar a los niños, de calentar la pava, de cebar el mate, de bebérselo. Sí, pero todo con gesto cansado. Porque a Astor se le veía cansado de tanto jaleo, de tanta camorra, de tanto quilombo. Teresa y yo lo comentábamos. Che, qué loco. Se nos murió de una tormenta de puñales, de un corazoncito frágil, de tanto festejar por los arrabales bandoneón arriba, bandoneón abajo...
Queríamos tanto a Astor que apenas pudimos llorar al saber que dejaba de arrastrar tanto dolor, tanta pena por este mundo cansado.
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